Paraíso para trasiego de drogas

Ignacio Alvarado Álvarez. El Universal. Miércoles 04 de febrero de 2009

Una serie de telefonemas anónimos a la sede del 64 Batallón de Infantería condujo al arresto en Cancún de cinco supuestos zetas, el 26 de enero. Se trataba del segundo golpe de gran nivel asestado en pocos días por fuerzas federales en ese puerto. En enero 9, la Procuraduría General de la República (PGR) difundió informes sobre el decomiso de 567 kilogramos de pseudoefedrina en su aeropuerto internacional.

A los presuntos zetas, los militares les aseguraron dos granadas de fragmentación, tres fusiles M-16 de calibre .223, un R-15, otro AK-47, cinco pistolas .9 milímetros y tres de calibre .45. Ambos casos quedaron bajo investigación de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO), pero sobre todo, han vuelto a recordar que Cancún es uno de los enclaves del narcotráfico mexicano.

Concebido como destino turístico de alto nivel a comienzos de 1970, Cancún se destapó como sitio irremplazable en el trasiego de drogas provenientes de Centro y Sudamérica casi 20 años después. Los grupos operantes dentro del cártel de Juárez, entonces bajo la coordinación de Rafael Aguilar Guajardo, un antiguo agente de la desaparecida Dirección Federal de Seguridad, recibían cargamentos de sus contrapartes colombianas, para enviarlas hacia la frontera norte, desde Tamaulipas hasta Sonora.

Esa actividad marchó sin contratiempos aparentes hasta el 13 de abril de 1993, cuando fue acribillado Aguilar Guajardo al descender de un navío turístico. El asesinato, atribuido por autoridades federales a Amado Carrillo Fuentes, adquirió relevancia no sólo por haberse consumado en el nuevo paraíso de los narcotraficantes nacionales, sino por el significado político que adquirió en los años siguientes, cuando fueron conociéndose de manera pública los estrechos vínculos entre criminales y gobernantes.

Carrillo Fuentes fue el omnipotente empresario de la droga hasta su muerte, en el verano de 1997. Durante sus años de auge, entre las relaciones fundamentales para su organización forjó una alianza invaluable con Mario Ernesto Villanueva Madrid, quien entonces gobernaba Quintana Roo. Antes, el propio Carrillo Fuentes había sido un operador discreto en la zona desde por lo menos los últimos meses de 1989, según reportes de la entonces Policía Judicial Federal.

Este jefe del narcotráfico se hizo de una flotilla de aviones, encubierta en una pequeña aerolínea cuya sede en Torreón operó vuelos constantes hacia la ciudad de México, Chihuahua, Ciudad Juárez, Cuernavaca, Hermosillo y Cancún. A su vez, como gobernador, Villanueva facilitó que varias de esas aeronaves salieran cargadas con droga, pero también ayudó a la organización a vigilar los embarques, el tránsito terrestre y el almacenamiento de la cocaína a cambio de millonarios sobornos, según la Corte Federal de Distrito para el Distrito Sur de Nueva York, en donde se le requirió judicialmente por esas implicaciones.

El final de los 90 trajo consigo cambios estructurales, no sólo por la lógica recomposición del cártel aludido, sino por el mercado interno que comenzó a perfilar a Cancún como una de las zonas urbanas con mayor consumo de drogas en el país. Datos del Centro de Integración Juvenil encuentran que el consumo de metanfetaminas y cocaína alcanzó niveles preocupantes a comienzos de 2000. Los registros indicaban que la edad promedio en que los jóvenes se iniciaban en el consumo era de 14 años. En 2007 ya era de 11.

Los volúmenes locales de venta, que acaparan también a turistas extranjeros, cambiaron notablemente los patrones criminales dentro del puerto. A finales de 2005, el asesinato de una docena de personas, entre ellas agentes federales y municipales, dieron idea a las autoridades de la colusión desbordante entre traficantes y miembros de las instituciones de seguridad pública. Un reporte de la SIEDO de 2006 identificó a los policías al servicio de las organizaciones como Los Cazadores, en alusión a sus labores como asesinos y secuestradores.

Cinco años de violentas batallas

Informes de la PGR precisan que Cancún es una ciudad en disputa por cuando menos dos grandes organizaciones criminales: los cárteles de Sinaloa y el del Golfo. Sus brazos armados sostienen desde unos cinco años atrás violentas batallas que amenazan con lesionar gravemente la economía cifrada en el turismo. En marzo de 2007, esa confrontación alcanzó niveles públicos, después de que una de las organizaciones se inauguró colocando el siguiente narcomensaje a dos de sus víctimas asesinadas: “Este es un mensaje para todos los tiradores de droga. Es mejor que se abran, soplan vientos”.

En septiembre de 2008, autoridades federales detuvieron a Moisés Escamilla May o José Luis Chávez Ruiz, El Gordo Moy, quien de acuerdo con la PGR lideraba una de las células principales de Los Zetas, la de Cancún. Las investigaciones sugieren que lo hacía bajo la protección de agentes federales y municipales, que fungían también como “halcones” o vigilantes que notificaban operaciones militares o policiales en su contra. Esa detención es una de varias logradas los meses recientes, que también han abierto un nuevo frente de guerra, ahora contra miembros del Ejército.

Tras la captura en enero de otros cinco importantes operadores de Los Zetas y el decomiso de pseudoefedrina, las autoridades sospechan que los criminales están reaccionando de manera violenta y directa contra las fuerzas armadas. Es el contexto en el que nacen las primeras hipótesis luego del asesinato del general Enrique Tello Quiñónez, el teniente de infantería Guetulio César Román Zúñiga y el civil Juan Ramírez.

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